sábado, noviembre 28, 2009

Los cuatro domingos del Adviento

Los domingos de todo tiempo litúrgico son particularmente intensos, son momentos de contactar fuertemente de seguimiento del Señor. Los domongos de Adviento no son una excepción: son básicos en la vivencia cristiana en el camino que nos prepara para la celebración de la Navidad. Cada creyente y la comunidad cristiana, al recordar la espera del nacimiento del Mesías, anticipa y ratifica la esperanza de su venida gloriosa, momento en el que todo será restaurado y viviremos en la plenitud de su amor.

El grito esperanzado de estos días, ¡Ven, Señor Jesús!, se convierte en descubrimiento de su presencia en el día a día. En otras palabras: hacemos experiencia de que el Señor es, realmente, el “Emmanuel”, el “Dios–con–nosotros”.

Es por eso, que podemos considerar cada domingo de Adviento como una jornada de síntesis de lo vivido en la semana apenas concluida, y de proyección en el camino hacia la Navidad. Describiendo de una manera pedagógica el camino que nos lleva hacia Belén:

El primer domingo centra su atención sobre la Parusía, es decir: la venida definitiva del Señor, al final de los tiempos.

El segundo y tercer domingo presentan la figura del Precursor, Juan el Bautista y, con él, la urgencia de preparar el camino del Señor, con las consecuencias que trae tal resolución para la vida de los creyentes.

El cuarto domingo destaca a María, Mujer del Adviento: modelo de espera, imagen de los creyentes y figura de la Iglesia.


Fuente: Preparemos la fiesta. Adviento y Navidad. Editorial Paulinas.

lunes, noviembre 16, 2009

Oración, Diálogo, Solidaridad y Alegría


El sabio campesino...

En una pequeña finca, vivía un sabio campesino con su familia... Realmente era una familia muy apreciada y él, un hombre muy respetado. En cada una de las cuatro esquinas de su propiedad se observaban cuatro frondosos árboles. Todos los días, al amanecer, veían al campesino darse una ronda y acercarse a tocar los cuatro árboles...

Cuando sintió que se acercaba el final de sus días, llamó a su esposa, a sus hijos, a sus nietos y les dijo:

En nuestra finca pueden usar para la leña todos los árboles y arbustos, pero aquellos cuatro árboles serán respetados por siempre.

El árbol del Norte se llama Oración, siempre busca la voluntad de Dios Padre, bajo la luz de su Palabra. El árbol del Sur se llama Diálogo, siempre busca el bien común y la participación. El árbol del Occidente se llama Solidaridad, siempre busca servir a los más débiles y dar de lo mejor de cada uno. El árbol del Oriente se llama Alegría, siempre brota de celebrar juntos la Fe.
La quebrada de agua que los alimenta se llama Perseverancia; de ustedes depende que estos cinco tesoros adornen nuestra tierra. Pero si destruyen alguno de ellos, no sigan llamando a nuestra parcela: ¡Campo de la Familia de Dios!

Fuente: Vitaminas diarias para el Espíritu. Humberto A. Agudelo C. Editorial Paulinas

lunes, noviembre 02, 2009

Vitaminas para el Perdón


Un cura mendigo,
que había abandonado el sacerdocio,
confesó a Juan Pablo II

En el programa de televisión de la Madre Angélica en los Estados Unidos (EWTN), relataron un episodio inédito de la vida de Juan Pablo II. Un sacerdote norteamericano de la arquidiócesis de Nueva York se disponía a rezar en una de las parroquias de Roma cuando, al entrar, se encontró con un mendigo. Después de observarlo durante un momento, el sacerdote se dio cuenta que conocía a aquel hombre. Era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el mismo día que él. Ahora mendigaba por las calles.

El sacerdote, tras identificarse y saludarle, escuchó de labios del mendigo cómo había perdido su fe y su vocación. Quedó profundamente estremecido. Al día siguiente, el sacerdote llegado de Nueva York, tenía la oportunidad de asistir a la Misa privada del Papa, a quien podría saludar al final de la celebración, como suele ser la costumbre. Al llegar su turno, sintió el impulso de arrodillarse ante el Santo Padre y pedir que rezara por su antiguo compañero de seminario y describió brevemente la situación al Papa.

Un día después recibió una invitación del Vaticano para cenar con el Pontífice, en la que solicitaba llevara consigo al mendigo de la parroquia. El sacerdote volvió a la parroquia y le comentó a su amigo el deseo del Papa. Una vez convencido el mendigo, le llevó a su lugar de hospedaje, le ofreció ropa y la oportunidad de asearse.

Confesó al Papa
El Pontífice, después de la cena, indicó al sacerdote que los dejara solos y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado, le respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: "Una vez ordenado sacerdote, sacerdote para siempre". "Pero estoy fuera de mis facultades de presbítero", insistió el mendigo, que recibió como respuesta: "Yo soy el Obispo de Roma, me puedo encargar de eso". El hombre escuchó la confesión del
Santo Padre y le pidió a su vez que escuchara su propia confesión. Después de ella, lloró amargamente.
Al final, Juan Pablo II le preguntó en qué parroquia había estado mendigando y le designó asistente del Párroco de la misma y encargado de la atención a los mendigos.

Scott Hahn. Nueva York.
Publicado en La Razón, miércoles 9 de mayo de 2001
Fuente: Vitaminas diarias para el Espíritu. Humberto A. Agudelo C. Editorial Paulinas